Es una cuestión de salud. Demasiadas horas sentada, entre el trabajo y el vicio de escribir. Es tiempo de hacer ejercicio, de caminar rápido, a ratos puede sentir que es como una huída pero definitivamente no sabe de qué ni a dónde. Su apariencia es serena, por más que en su interior se mezclen tan confusamente como los líquidos densos tantas emociones distintas; lo que desea, lo que necesita, es caminar con vigor, desgastar ese pedazo de furia que es su impaciencia hacia el final del día. No quiere evadirse con la música, es imprescindible hacerse con el paisaje, retener cada pequeño nuevo detalle que le llame la atención para deshacer esa otra bola de insatisfacción que se crea con sucesos ajenos a ella, voces y personas que detesta y a las que se ve obligada a tratar a diario. No, nada en ese momento es más importante que el aire fresco del mar, la bruma acerada que cubre un atardecer sombrío en la playa; esos minutos previos a la noche, un declinar que es como una muerte lenta, la luz se evade hasta desaparecer y ella puede contemplar ese milagro, extasiada, poco antes del final de su ruta.
Se hace con el ritmo, un pie sigue al otro de forma organizada. Así ha sido en los últimos días, podría considerarlo un nuevo vicio, a falta de otros mejores. El horizonte se desplaza con suavidad a la izquierda, atrás van quedando papeleras, farolas y tantas otras personas desandando el día, algunas como ella, con ropa cómoda de deporte. Le asquea que alguna bocanada de tabaco trepe hasta su nariz ahora que respira fuerte mientras camina sin esfuerzo rápidamente por el borde de la playa. Su rostro impasible, bajo la gorra y las gafas oscuras, se cruza con expresiones airadas, amargas, cuerpos distraídos que circulan por los raíles de su monotonía, quizás el mismo camino de todos los días para llegar a casa tras una jornada más, quizás un nuevo problema que añadir a los que ya tenían. También hay rostros despreocupados, bocas que silban, manos que gesticulan, bicicletas serpenteando entre la gente. Mirones. Algún tipo que en su día fue atractivo y ahora ronda la vejez, su cabeza dividida en dos mechones desalentados, sobre un banco se mira las botas vaqueras, el tacón cortado hacia arriba, como implorando.
La temperatura ha descendido, ella lleva los brazos desnudos, el jersey anudado a la cintura, la guardia baja. Es tiempo de poner orden. Tiempo de no soñar. Durante unos segundos entra en su ángulo de visión un cuerpo perfecto de hombre, pasa corriendo, mirando su cronómetro. Mallas negras cortas, camiseta naranja, deportivos grandes, el sudor que cubre su cara y cuello no es más que un complemento de la carrera que trae desde lejos. Ha sido un apenas cruzar los ojos. Un suspiro interior desapasionado. No le preocupa su apatía, más adelante será distinto. Es tiempo de reparar, de rellenar los huecos hasta dejar la soledad rasa, sin rugosidades, lista para la siguiente decepción. Un vejete le sonríe al paso, ella devuelve la sonrisa, espontánea, abierta. Y sigue caminando unos metros manteniendo esa mueca, hasta que la boca se relaja y simplemente es boca. Y es boca seria. O al menos serena. La gente se encuentra con otra gente, parece obligado, cuando el conocido se ha marchado, poner al corriente al grupo, contar quién era. Sus antecedentes, orígenes, clan al que pertenece, por qué hizo o dejó de hacer alguna cosa.
Hay cuellos envueltos en bufandas, abrigos y chaquetones de invierno sobre muchos cuerpos. Mira sus codos mientras confirma la sensación de bienestar que siente desde hace un buen rato. Tiene calor, es el esfuerzo, su espalda húmeda también brillaría en la casi semioscuridad de la tarde. A la ida se fijó en un hombre al que faltaba un brazo, a la vuelta en otro al que falta una pierna. El primero llevaba la manga vacía dentro del bolsillo del pantalón, el segundo apoya el muñón en un tope de la muleta. Y besos. También hay besos en el paseo. Parejas que se detienen como si no existiera un mundo más allá de sus labios. Y turistas. Voces centroeuropeas con eses silbantes que parecen flamear, ondulantes. Sonidos polifónicos, monoconversaciones entre una voz y un teléfono móvil. Y gaviotas. Vuelos oblicuos, graznidos como carcajadas. Sabe que podría gritar hasta la demencia en el mirador, frente al mar. Reír como quien intercambia entre las manos un objeto que le quema. Tomar apuntes para un diálogo cruel, un monólogo cínico, un estar hasta los cojones que no viene a cuento.
Y escribir cosas del estilo “¿Qué harás si te digo que me gusta hacerles daño? Que disfruto viendo sus miradas acobardadas, la forma en que se les descuelga el labio inferior con el miedo, la sospecha de haber ido demasiado lejos. Siempre pienso que han tenido bastante y resulta no ser cierto. Vuelven. Acuden a mí para que las libere de su dolor y después se quejan cuando hago mi labor de carroñero. Olvidar cuesta..- les digo-.. no es tan sencillo como llegar aquí y soltar vuestras amarras de veneno. Escucho paciente vuestra palabrería, todas esas historias que forman la red que os atrapa. El dolor está dentro, ahí.. Vuelven. Cada noche vuelven como almas errantes, algunos rostros son de hace años pero vuelven.. ¿Te hablé de lo que me excitan sus gritos, sus protestas..? La casa está fría a veces pero ellas la llenan con sus rojos, sus dorados, sus maquillajes de noche, sus plumas de colores. Viciosas, todas son las mejores y ninguna vale nada. Las adoro, ¿qué digo..?, las amo.. Cómo no gozar deslizando mi boca por la piel suave de Gabrielle, le gusta aferrarse a mis manos mientras lo hacemos. Llamarme tío o papá, arrinconar mi cara con sus rodillas invirtiendo la postura, vencerse sobre mi polla.”

O sentir una dosis de lástima, un impulso protector, ese tirar la toalla tan humano, tan fácil para la comprensión. Lo que nos diferencia de las alimañas de nuestra propia especie. Y escribir por ejemplo “..Verás muchacho.. incluso a alguien tan ausente cuesta contar estas cosas. No me mires en ningún momento mientras te refiero.. yo.. no sé hasta qué punto puedo hacer esto.. ella podría, ella..ella.. Verás.. ella, mi mujer.. es ciega. Siempre lo fue, no tiene la menor referencia de lo que es la forma, el color, el movimiento. Cuando nos casamos me puso el anillo en el dedo a tientas, a sus tientas, una forma de palpar tan personal, con tanta solidez que jamás me planteé su ceguera como desventaja. Debo reconocer que fue excitante desde el principio, y que me hizo sentir poderoso. Yo sería sus ojos, su fuerza, yo recorrería con firmeza cada uno de sus pasos inútiles, los que daba, vacilante, desde el oscuro vacío de su mente. Pero esto no es así, qué locura, muchacho. ¿Cuánto te da un espíritu valiente si eres un apocado como yo? Tu juventud quizás no te permita entender algo semejante pero a veces estás aterrado. A veces sientes un dolor que te paraliza, un miedo insondable. ¡No! No te hablo de sucesos que te obliguen a tomar una decisión sino a ese pánico a la vida que ataca en momentos de flaqueza. Al pavor de abrir los ojos y sentirte dentro de tu cuerpo cada mañana.”
Nada permanece. Algún día. Sí. Algún día..
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